domingo, 24 de julio de 2011
BERNARD CULBARD
miércoles, 13 de julio de 2011
BASANTE: El mozo del Bar Plaza
martes, 12 de julio de 2011
BUSCANDO A MÓNICA
EL SABLE DE SAN MARTÍN
(…) ese sable morisco, de
Pero luego, en 1835, dispuso que lo fuera a buscar su yerno, Mariano Balcarce, quién ese mismo año lo llevó a París, y desde entonces acompañó al gran Capitán en su vejez.
El 23 de enero de 1844, San Martín dicta su testamento, en cuya cláusula 3ª dispone la entrega del sable “que me acompañó en toda la guerra de la independencia de
San Martín vive aún seis años más, por lo cual tuvo sobrado tiempo para rectificar esa manda, en caso de que hubiese sido fruto de un entusiasmo temporal. Pero no se produjo tal rectificación, sino que, por el contrario, en el contenido de su correspondencia personal con Rosas, el Libertador menciona la cláusula testamentaria más de una vez. Para comprender la vigencia de su decisión es preciso tener en cuenta que le escribió su última carta un mes antes de morir. Tanto es a sí que la respuesta de de don Juan Manuel llega a Francia cuando ya ha fallecido el Padre de
En cumplimiento del mandato de su suegro, Mariano Balcarce, en 1851, hace entrega al entonces gobernador Rosas, de la preciada reliquia, que quedó depositada en Palermo, en un lugar de honor, hasta la batalla de Caseros, pero Rosas alcanzó a disponer que se lo hicieran llegar antes de embarcarse con rumbo a Inglaterra, y así sucedió que el ilustre sable permaneció siempre, hasta su muerte en 1877, en Southampton con su nuevo dueño. En su testamento, Rosas dispuso, a su vez, que pasase a ser propiedad de su querido amigo y consuegro don Juan Nepomuceno Terrero y, muerto éste, a la de su hijo Máximo, casado con Manuelita Rosas y Ezcurra, su amada hija.
Pero aconteció que, muerto don Juan Manuel, los sucesores se encontraron con que también había fallecido don Juan Nepomuceno, por lo cual el sable pasó directamente a manos de Máximo.
Se entiende que Rosas no quiso dejar el sable directamente a su hija mujer, sino que prefirió, dentro de la cadena de su descendencia, un legatario varón. Sin embargo también es evidente que buscó la manera de que el arma llegase a manos de su predilecta “niña” y no a las de Juan Bautista, su propio hijo varón.
Al cabo de veinte años, y luego de largas tratativas, el Dr. Adolfo A. Carranza, director del Museo Histórico Nacional, consigue convencer a Manuelita que done el sable del Libertador a su patria Argentina, y sea depositado en el Museo a su cargo.
Finalmente Manuelita y Máximo accedieron al pedido, pero condicionaron la donación con la muy específica cláusula de que en el cofre que lo contiene quedase inscripto que la cesión se hacía en nombre de su padre, el brigadier general don Juan Manuel de Rosas, con la transcripción de la cláusula 3ª del testamento del general don José de San Martín.
El preciado sable llega al Río de
En la corbeta quedó durante una semana, ya que el Presidente de
Inmediatamente se desata una ola de excusas: tanto Mitre como Nelly y Obes, Roca y Campos, los generales más antiguos, todos pasan “parte de enfermo” o dicen estar de viaje en esa fecha.
Leopoldo Lugones publica un artículo, en el matutino en el que es editorialista, con el título de “Epidemia de generales”, riéndose de ellos, por supuesto, y agregando que “éste es el más grande homenaje de la historia para con el más Gran Heredero, que las calumnias no han logrado destruir”. Está todo dicho, y nada menos que por Lugones.
Finalmente el Dr. Juan Manuel Ortiz de Rozas, en nombre de sus tíos Manuelita y Máximo, lo entrega al Dr. Carranza, que se lo lleva al Museo en medio de las excusas de los generales que siguen saliendo en los diarios.
No se rindieron honores de ninguna clase y se prohibió una misa que la familia Ortiz de Rozas había propuesto. Todas estas negativas obedecían al fantasma de la famosa cláusula 3ª. Al cabo de un tiempo, la chapa de bronce desapareció misteriosamente.
Después vinieron los hombres, con sus libros y sus voces, en tribunas y estrados, con sus inquietudes y sus investigaciones. Todo fue muy largo y muy difícil, pero el “gran precursor” seguía allí, impertérrito, con la frialdad de su hoja de acero, proporcionando el testimonio eterno de su verdad irrebatible.
Eugenio Rom “¡Perdón, Juan Manuel! Crónica de un regreso” (fragmento)
Editorial Plus Ultra - 1989